Género:
- Microrrelato
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Poco después de asumir su segundo mandato, el primer presidente negro de los estados unidos murió. Ocurrió por la mañana y en su casa. No había indicios de envenenamiento o de agresión, sencillamente no se levantó de la cama. Michelle no pudo soportar lo sucedido y tuvieron que internarla en un hospital para tratarla sicológicamente. Asumió el cargo el vicepresidente. La mañana siguiente tampoco se levantó de su lecho. Aunque la CIA intentó dilatar la noticia de esta segunda muerte, ocurrió lo mismo que con la primera, se filtró como arena por los dedos en el desierto. El caos se apoderó de la casa blanca y el gobierno de los estados unidos declaró el estado de sitio. Se confinó en una sala completamente aislada al presidente del congreso —era el nuevo sucesor— y esa noche no le permitieron dormir. Él tampoco habría podido después de lo sucedido. No durmió los siguientes tres días, pero al cuarto —a las doce del medio día del cuarto día— después de la muerte del vicepresidente, cayó presa del sueño. La historia volvió a repetirse incluso bajo las más estrictas medidas de seguridad. Parecía que todo había sido planeado minuciosamente, o que era una de las peores maldiciones jamás contadas.
Nadie puede recordar hasta cuando se repitió esto, porque incluso en la constitución de los estados unidos de América no hay previstos suficientes sucesores ante situaciones tan anómalas. Todos comenzaron a desconfiar de todos y se llegó al punto de nombrar presidente a cualquier persona, usando el nombramiento para buscar al enemigo de occidente. Los demócratas nombraban republicanos y éstos después de un tiempo empezaron a enviar al «lecho maldito» a los dirigentes del 99%, quienes nombraron a destacados millonarios y éstos a su vez se deshicieron de muchos dirigentes negros y latinos. El odio abierto entre unos y otros se hizo cada vez más grande, más evidente y nadie dejaba de designar presidentes. La asociación del rifle fue una de las últimas de nominar a uno. A partir de éste surgió la guerra. Los estados del oeste decidieron separarse de los del este y todos rechazaron a gran parte de los estados centrales que se vieron forzados a la secesión —a su vez— formando un tercer país. Fue entonces, cuando todos volvieron a dormir tranquilos en cualquiera de los estados unidos —por partes— de América. Tres presidentes durmieron tranquilos, unidos por el miedo a sus vecinos y la desconfianza en un mundo hermanado contra ellos.

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Pernando Gaztelu
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