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De niña recuerdo que viajábamos al pueblo de al lado en el primer tren de la mañana. Tan sólo 15 kilómetros separan ambos pueblos, en ésa época la distancia como el tiempo parecían infinitos. La noche previa apenas si dormíamos pensando en la emoción del viaje.
El tren era uno de ésos que tenían compartimentos que se cerraban como habitaciones, con cortinillas azules raídas en las ventanillas y en las puertas, asientos del mismo color de skay que conservaban la huella del anterior viajero. Dentro se respiraba un olor denso y sin embargo familiar. Al llegar al pueblo lo primero que hacíamos era ir a una pastelería en la calle Mayor, allí nos recibía una mujer con los brazos enguantados en manguitos hasta el codo, a juego con el mandil, ambos inmaculadamente blancos. Entonces elegíamos los pasteles que serían nuestro lujoso desayuno de aquella mañana festiva.
Yo, apenas si llegaba al mostrador, me empinaba un poco para verlos, y así escoger los que más me gustaban: uno relleno de crema, otro con nata y el último de chocolate. Mi madre no nos dejaba pedir ninguno más a mis hermanas y a mi. Cada pastel era un manjar que no volveríamos a saborear hasta que al menos transcurrieran otros treinta días.
Al rememorar aquellos momentos, viene hasta mi el olor acogedor del horno, el deslumbrante blanco del uniforme de la pastelera y el perfume de mi madre, muy intenso, mucho tiempo alejado de mi memoria.

Comentarios
Bonito recuerdo, Bea.
Bonito recuerdo, Bea.
Conozco muy bien esos coches que describes, es una pena que se hayan perdido, creo que en España ya no circula ninguno.
Miguel
Muy bonito, Bea. La vida eso
Muy bonito, Bea. La vida eso es, momentos vividos que pasan a ser recuerdos con el paso de los años.
Un abrazo.
Gracias Verónica por tus
Gracias Verónica por tus comentarios.
Un beso
Bea
¡Qué especiales son esos
¡Qué especiales son esos pequeños momentos!. Con el tiempo los recordamos con tanta añoranza. Esos trenes creo que no los conocí pero con que alegría esperaba, fijate, las mañanas de los sábados. Mi madre iba a la compra y de camino me dejaba con mi padre en un bar. Cuando se iba, mi padre me daba veinte duros para que fuera a comprarle el as al kiosko. Claro además me compraba el Mortadelo y Filemón y Spiderman. De regreso al bar me esperaba un cacaolat y un croissant o un donut. ¡Qué feliz estaba leyendo mis tebeos, con mi padre en el bar!, ¡Qué orgulloso me sentía de que me confiara ese dinero para comprarle el periódico!. Me sentía muy mayor. Luego volviamos a casa comíamos y Mazinger Z. Jo qué añoranza. Saludos Bea muy buena narración
DavidRubio
Muchas gracias David por tus
Muchas gracias David por tus palabras y por compartir tus recuerdos.
Besos,
Bea