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–¡Gerald! –gritó por lo bajo Bylo mientras golpeaba moderadamente la puerta de la habitación de su amigo– Gerald, somos nosotros, ¿estás ahí? –no hubo respuesta.
Julius y Alana, por orden de Bylo, estaban uno en cada punta del pasillo por si aparecía algún vigilante inesperado. Bylo llamó a Julius.
–¡Pssst! ¡Julius, ven! ¡Acércate! –le dijo a su rubio amigo haciéndole señas e intentando gritar lo más bajo posible.
Julius fue tan rápido como sus pies se lo permitieron.
–¿Qué pasa? –preguntó– ¿No contesta? –Bylo negó con la cabeza.
–¿No sabrás por casualidad la contraseña de la puerta de Gerald? –preguntó Bylo a su amigo.
–¡Uff! –bufó Julius– La verdad es que no tengo ni idea. ¿Has probado con su nombre?
–No, aún no he probado ninguna –respondió Bylo. Y acto seguido probó con la que le había dicho su amigo– ¡Deblocus Gerald! –dijo apuntando con su anillo al pomo de la puerta. Pero no ocurrió nada.
–Inténtalo con el nombre de su ciudad natal –volvió a sugerirle Julius.
–Vale –asintió Bylo– ¡Deblocus Somol! –Pero la puerta siguió cerrada a cal y canto.
–Pues tampoco –dijo Julius rascándose la cabeza–. Prueba a ver con el nombre de su padr…
–Chicos, no vais a dar con la contraseña –les interrumpió Alana–. Suele usar títulos de libros que le gustan o de alguna palabra o frase nueva que aprende en ellos. Y, en esos temas, me temo que no estáis muy duchos.
–¡Alana! ¿Qué estás haciendo aquí? –le recriminó Bylo– ¿Por qué has abandonado tu puesto?
–A estas horas no pasa ningún vigilante por aquí cerca –replicó la muchacha–. ¿O es que creéis que por ser chicos sois más listos? Cuando no puedo dormir –comenzó a explicar– me doy un paseo por los pasillos y observo las rutas de los guardias.
–¿Y por qué puñetas no nos lo has dicho antes? –se quejó Julius.
–Pues porque no hacía falta que estuviéramos los tres aporreando la puerta, y como... –comenzó a decir Alana.
– Bueno, bueno –dijo Bylo cortando la discursión–. Pero, ¿te sabes la contraseña o no? –le preguntó a la pálida chica.
–¡Pues claro que no! –contestó, como si fuera algo obvio.
– ¿Y cómo diantres sabes que tipo de contraseñas usa Gerald? –preguntó Julius.
– Pues porque un día salió la conversación y…
–¡Silencio! –dijo Bylo interrumpiendo a su amiga– Creo que he escuchado algo.
Los tres callaron y agudizaron el oído. Oyeron un sonido que les resultaba familiar. ¡Darwin! ¡Era Darwin, el gork de Gerald, olisqueando la puerta!
–¡Hemos despertado a Darwin, y ya sabéis como es! Además, parece ser que a Gerald se le ha olvidado echar el hechizo Mutos. Así que vayámonos antes de que se ponga a gruñir y a arañar la puerta –dijo Bylo poniendo la mano sobre el hombro de Julius–. Si lo hace, despertará a todo el mundo y nos meteremos en un buen lío.
Así que, los tres regresaron velozmente a la habitación de Julius bajando las escaleras de dos en dos. En menos de un minuto ya estaban de vuelta.
–¿Y si le intentamos localizar con la Wrallie? –dijo Alana una vez que hubo recuperado el resuello.
La Wrallie era una bola de cristal de un tamaño un poco más grande que una cereza. Su nombre comercial era "Canica Mágica Wraller" (en honor a su creador), pero prácticamente todo el mundo la llamaba "Wrallie". Era un juguete que se vendía en paquetes de seis unidades por un cuarto de corona. Las seis canicas iban mágicamente "conectadas" entre sí, de forma que si se frotaba una, ésta brillaba al estar cerca de cualquiera de las otras cinco. Cuanto más cerca se estaba, más rápido brillaba. Los niños las solían usar para jugar a un juego similar al escondite al que habían bautizado con el nombre de "Wralltie".
–¡Claro! –exclamó Bylo– ¡Cómo no se nos habrá ocurrido antes!
–No servirá de nada –objetó Julius–. Sólo perderéis el tiempo.
–¿Por qué dices eso? –preguntó Alana.
–Desde luego... ¡qué mala memoria tenéis! –respondió Julius frunciendo el ceño–. Gerald se quedó sin ella el lunes cuando se le cayó en el pasillo y el zapato de algún desalmado la hizo añicos. Y se me olvidó darle otra. Así que...
–¡Es verdad! –dijo Bylo–. Pues ya no me acordaba.
–¡Pues vaya faena! –se quejó Alana, poniendo los brazos en jarra–. Ahora no nos queda más remedio que esperar a mañana.
–No os preocupéis, seguro que Gerald está en su cama durmiendo como un tronco –dijo Julius intentando tranquilizar a sus amigos–. Además, ¿qué le puede pasar?, tan sólo ha ido a la biblioteca. Así que... ¡Ala!, –dijo cambiando el tono de voz– cada mochuelo a su olivo, que ya es tarde y quiero dormir un rato, que mañana aún es viernes y hay que madrugar.
* * *
La primera clase se pasó volando para Julius y Bylo pues, aunque les tocaba otra vez clase de hechizos de defensa, el profesor Irimort no había venido porque no se encontraba bien. Sustituyéndole, estaba la señorita Melamir. Con ella, las clases eran más divertidas pues, como esa no era precisamente su especialidad, metía la pata constantemente. Más, siempre encontraba la manera de excusar su torpeza en cada situación con una frase divertida o ingeniosa, lo cual acababa en carcajada colectiva. Aunque, en sus clases de geografía, no era tan divertida... ¡ni mucho menos!
En el descanso, como todas las mañanas, se reunieron con Alana en los bancos que había junto al ascensor del este.
–¿Sabéis algo de Gerald? –fue lo primero que la chica preguntó– ¿Lo habéis visto?
Ambos muchachos negaron con la cabeza.
–Viniendo hacia aquí hemos visto a Gholer, el compañero que se sienta delante de él, y nos ha dicho que esta mañana Gerald no ha ido a clase –informó Bylo, adelantándose a Julius.
–¡Seguro que le ha pasado algo! –dijo Alana visiblemente preocupada–. Esto no es normal en él. ¡Deberíamos comunicarlo en dirección!
–¡Hey, hey, no tan deprisa! –exclamó Julius– Bylo y yo sabemos como se las gastan los de ahí arriba. Si vamos y les decimos lo que ocurre y luego resulta que aparece Gerald, pensarán que les queríamos gastar una broma y nos castigarán por tomarles el pelo.
–Puede que Julius tenga razón –dijo Bylo–. Quizá haya tenido un lío de faldas –argumentó–. Él cree que nadie se ha dado cuenta, pero yo sé de buena tinta que está coladito por la bibliotecaria, esa chica bajita de gafas con cara de niña buena.
–Está bien, indagaremos un poco –dijo Alana dando su brazo a torcer–. Sabemos que la biblioteca es, en teoría, el último sitio que visitó. Podríamos empezar a buscar por ahí.
–Vale, la biblioteca abre a las diez, así que después de clase de historia nos acercaremos por allí –casi ordenó Bylo–. Y le preguntaremos a esa chica cuándo se fue Gerald de allí, si es que realmente anoche fue a la biblioteca. A ver qué descubrimos.
* * *
Gerald despertó con un terrible dolor de cabeza. La oscuridad allí era, si cabe, aún más pronunciada que en la estancia anterior. El hechizo "Lumus-Ovo" apenas servía de nada en aquel lugar. Desde su posición, a tientas, palpó a su alrededor, pues no quería volver a tropezar y golpearse de nuevo. Tras analizar el suelo, se levantó y repitió la operación con las paredes. Aparte del escalón que le había hecho perder el equilibrio y la estantería que se interponía entre él y el exterior, sólo encontró una pared a cada lado, por lo que dedujo que se encontraba en un pasillo o pasadizo muy estrecho en el que apenas cogían dos personas adultas a la vez.
Asustado, gritó pidiendo ayuda a la par que aporreaba la estantería que se había cerrado tras él– ¡Socorro! ¡Darah! ¡Me he quedado encerrado!
Esperó unos agónicos segundos y volvió a gritar, esta vez más fuerte. Pero tampoco ocurrió nada, las gruesas paredes de roca ahogaban sus gritos. Así que comenzó a andar por el estrecho pasillo, confiando y rezando por encontrar una salida al final de éste.
No sabía a ciencia cierta cuanto rato llevaba caminando, pero ese pasadizo parecía interminable. Al principio empezó a memorizar las esquinas que había doblado y hacia qué dirección pero, o estaba dando vueltas en círculo, o el pasadizo era enorme. Lo que sí había observado es que tenía una ligera inclinación, por lo que dedujo que estaba descendiendo. Y, para colmo de males, le seguía doliendo la cabeza, tenía frío y su estómago empezaba a gruñir.
Al cabo de un rato, le pareció oír algo en la lejanía. Un… ¿sonido metálico? ¿En realidad lo había oído, o tan sólo era producto de su imaginación?
Continuó andando en la, hasta ahora la única dirección posible.
Cubierto un trecho, comprobó que la oscuridad remitía; ya casi podía ver las rocosas paredes. ¿Estaría saliendo del campo de efecto del hechizo?
Siguió por el angosto pasillo y, de pronto, al doblar una esquina, se topó con una puerta con firmes barrotes de hierro–. ¡Una verja! –exclamó.
Súbitamente, otra vez volvió a oírse ese sonido. Era como si alguien golpeara un objeto metálico. Y esta vez había sonado muy cerca de donde Gerald se encontraba... demasiado cerca. Y la sangre se le heló en las venas.
* * *
Eran las once y treinta y seis minutos cuando los tres amigos volvieron a reunirse. El día era soleado a pesar de estar terminando Septiembre, aunque se auguraban lluvias en los próximos días.
Mientras atravesaban los jardines exteriores de la torre, un grupo de chicos les adelantó corriendo y gritando.
–¡Gio! ¡Eh, Gio! –gritó Bylo, reconociendo entre el grupo a Gio Robson.
El chico de pelo acaracolado tardó en reaccionar ante la llamada de Bylo, pero al final, frenó y giró la cabeza.
–¡Aquí, Gio! –volvió a gritarle Bylo mientras le hacía señas con el brazo.
Gio, tras dudar un par de segundos, empezó a caminar con paso apresurado hacia el trío.
–¿Qué es lo que ocurre? –le interrogó Bylo– ¿Por qué corréis? ¿Dónde está el fuego? –concluyó sarcásticamente.
–¡El cigco Dguessus está a las afuegas de la togue! –el muchacho tenía cierta dificultad a la hora de pronunciar la erre– ¡Se puede veg a los animales mágicos y a los gladiadogues! ¿No vais vosotgos a veglos? –concluyó.
–Em... No –contestó Bylo recordando cierta aventurilla que corrió en el circo junto a Julius.
–Pues no deveguíais pegdégoslo –dijo Gio entusiasmado–, ¡es alucinante! –Y, sin más, soltó un "Adiós" y echó a correr continuando su camino.
Bylo lanzó una mirada de complicidad a Julius (el cual, se estaba riendo). Ambos sabían que no era aconsejable para ellos acercarse al circo de los hermanos Dressus.
Los hermanos Dressus, Zhack y Rion, eran los dueños del circo y viajaban por todo Ringworld mostrando las criaturas más increíbles y raras que el ojo humano pudiese ver, además de los espectaculares gladiadores y un montón de diversas atracciones más, algunas de ellas, únicas.
Un día, hace casi un año, después de la última función, Bylo y Julius se quedaron escondidos entre las caravanas del circo para ver un poco más de cerca a las fascinantes criaturas. ¡La liaron parda! Medio enredando, medio sin querer, soltaron a una cravia, una especie de lagarto con alas. Al personal del circo le costó dos días volver a capturar a tan preciado y raro animal. Desde entonces, los hermanos Dressus se la tienen jurada a los dos amigos.
–Yo nunca he estado en el circo –dijo Alana– Podríamos ir alguna tarde.
–¡Noo! –gritaron ambos muchachos al unísono.
–Err... esto... –comenzó a decir Julius viendo que la muchacha se había quedado esperando una explicación.
–Lo que Julius quiere decir –dijo Bylo, echándole un capote a su amigo– es que a nosotros no nos gusta el circo.
–¡Vaya par de sosos! –dijo Alana frunciendo el ceño. Y continuaron su camino hacia la biblioteca en busca de su amigo Gerald.
* * *
El sonido había sonado tan cerca que parecía como si hubiesen golpeado la verja que tenía delante, pero allí no había nadie.
Gracias a que la oscuridad había remitido bastante, casi por casualidad, pudo ver una palanca a la derecha de la puerta; estaba disimulada en un hueco de la dura pared de roca.
–Estoy perdido y no hay otra salida –reflexionó–. Debo intentarlo o jamás conseguiré salir de aquí.
Así que tiró de la palanca, pero ésta ni se inmutó. Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para hacer que la oxidada palanca, por fin, cediera. La puerta se abrió con un interminable quejido.
Avanzó por el nuevo pasillo, más ancho que el resto del camino que llevaba recorrido hasta ahora, y observó que ahora se podía ver bastante mejor, pues, a medida que avanzaba, la oscuridad perdía su batalla con la luz.
Entonces pudo ver que a ambos lados del pasillo había una serie de puertas de hierro que disponían de una ventanilla de unos cincuenta centímetros protegida con firmes barrotes; en su parte baja tenían una pequeña puertecilla deslizante, supuestamente, para pasar comida.
–¡Unas mazmorras! –pensó, fascinado y horrorizado a partes iguales– ¡Unas mazmorras bajo la biblioteca!
* * *
El grupo entró en la biblioteca. Al otro lado del mostrador, como siempre, se encontraba Darah. Estaba ensimismada tomando apuntes de los libros devueltos y comprobando que estaban en perfecto estado.
–¡Buenos días! –dijo Bylo.
–Baja un poco la voz, por favor –pidió amablemente Darah–, hay personas leyendo. Buenos días –concluyó.
–Oh... sí... Perdón –se disculpó Bylo con un tono de voz más moderado–. Estamos buscando a un amigo que vino anoche a la biblioteca –continuó, esta vez hablando más bajo–. Se llama Gerald, es rubio y...
–¡Oh, sí, lo conozco! –contestó Darah sin dejar terminar a Bylo–. Sí, anoche estuvo aquí.
–¿Podrías decirnos a qué hora se fue? –preguntó Bylo.
–Pues, la verdad es que no lo sé. Cuando cerré a las once ya no estaba. Lo raro es que se marchó sin despedirse, algo inusual en él –puntualizó la chica–. Supongo que se iría en alguna de las ocasiones en las que estuve colocando libros en las estanterías.
–O sea, que no le viste salir –dijo en esta ocasión Alana.
–Pues no y, repito, es muy raro, porque siempre que viene o se va, se acerca a decírmelo –contestó la chica con cara de asombro.
–¿Estuvo con alguien? –interrogó esta vez Julius.
–No, sólo estaba él en toda la biblioteca. Bueno, él y yo. ¿Por qué? ¿No le habrá pasado nada, verdad? –preguntó, preocupada, la chica.
–No lo sabemos –le informó Bylo–. No está en su habitación y hoy no ha ido a clase.
–¿Le notaste algo raro? –interrumpió Julius – ¿Nervioso, quizá?
–No. Era el mismo Gerald de siempre –respondió la chica–, amable, educado... Me entregó su pase y luego se fue en dirección al pasillo 6.
–Gracias –le agradeció cortésmente Bylo–. Y, si te acuerdas de algo más, por favor, no dudes en comunicárnoslo. Vamos a ver ese pasillo 6 –dijo dirigiéndose a sus compañeros.
Estanterías y más estanterías, libros y más libros. Así era el pasillo 6. Así eran todos los pasillos de la biblioteca. Y, al final, un par de mesas con cuatro sillas cada una (dos a cada lado) y tres candelabros, dos en una mesa y uno en la otra.
–Aquí no hay nada raro –dijo Bylo–. Un par de mesas con sillas. Y ni un solo indicio de que Gerald haya estado aquí.
–¿Os habéis percatado de que en esta mesa falta un candelabro? –dijo Alana señalando la mesa de la izquierda.
–Sí, eso estaba mirando –dijo Julius.
–¿Y qué? –replicó Bylo– Cualquiera puede haberlo cambiado a otra mesa. O quizá lo hayan retirado porque estaba roto.
Julius se puso a examinar la mesa que tenía un candelabro en busca de alguna pista que delatase que Gerald había estado ahí–. Cera seca –dijo al cabo de unos segundos–. Hay cera de vela en la mesa –y se puso a mirar por todas partes.
–También aquí, en el suelo. –le indicó Alana–. Y llega hasta aquí –dijo señalando la pared.
Julius comenzó a golpear la pared con los nudillos. Al cabo de unos cuantos mamporros, dijo: "¡Esta pared está hueca!".
* * *
Gerald contuvo la respiración y continuó caminando con todo el sigilo que pudo hasta que ese sonido volvió a romper el silencio. Se detuvo frente a una puerta. Y otra vez ese sonido. No había duda, fuera lo que fuera, procedía de esa celda.
–Tú no eres Leronn –dijo una voz al otro lado de la puerta. ¡Casi le da un vuelco el corazón! – ¿Quién eres?
–Yo... –contestó tras unos segundos de indecisión– Yo... me he perdido. ¿Qui-quién es?
–No deberías estar aquí, muchacho –dijo la extraña voz–. ¿Cómo has conseguido entrar?
Entonces, una cara se asomó por entre los barrotes. Un rostro que, a pesar de estar maltratado por el paso del tiempo, Gerald conocía.
–U-usted... Yo le conozco... Pero... ¡no puede ser! –dijo con incrédulo asombro– ¡Usted está muerto!

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