Rings of Magic: Book 1 (Capítulo 4)

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Rings of Magic: Book 1 - Portada

El hombre tenía el pelo cano. Su edad era difícil de calcular debido al estado en que se encontraba y a la tupida barba que cubría su demacrada cara, pero era bastante mayor; Gerald supuso que tendría entre 70 y 80 años. Su expresión era triste, cansada, era el rostro de un hombre abatido que había perdido la razón de vivir, ya que sus grises ojos reflejaban una eterna angustia.

 

    –Vete de aquí, chico –dijo el anciano con voz entrecortada como si le faltara el aire–, te lo suplico. Vete y olvida que me has visto... y que has estado aquí –de repente, tuvo un acceso de tos–. Date prisa, debes marcharte. Corre tan rápido como tus pies te lo permitan y... –un nuevo ataque de tos, seguido por un punzante dolor en su pecho hicieron doblarse al anciano, hasta que cayó de rodillas en el suelo de la fría celda.

 

    –Señor –dijo Gerald–, ¿se encuentra bien? ¿Señor?

 

    Gerald se puso de puntillas y se asomó por la ventanilla de la puerta, pero no pudo ver nada, la oscuridad invadía aquella celda. Sólo oía al anciano gruñir, como si intentara contener un dolor con el que había cohabitado desde hace mucho tiempo.

De repente, todo cesó.

 

    –Señor, ¿se encuentra bien? –volvió  a repetir Gerald– No... no me haga esto. ¡Conteste, por favor!

 

    Nada. Sólo silencio.

 

    Gerald temió, horrorizado, que el demacrado anciano hubiese muerto. Esperó, conteniendo la respiración, con los cinco sentidos puestos en aquella celda.

 

    De repente, la cara del anciano volvió a aparecer a través de la pequeña ventana. Gerald se llevó un susto de muerte.

 

    –¡Sácame de aquí, chico! ¡Abre esta puerta! –gritó desesperadamente asiendo tan fuerte los barrotes de la ventanilla, que sus nudillos tornaron blancos.

 

    Gerald se quedó paralizado sin saber qué hacer o decir.

 

    –¡Abre esta maldita puerta! –volvió a gritar como si le fuera la vida en ello.

 

    –No... no hay cerradura ni pomo... ni nada para abrirla –balbuceó Gerald–. No sé qué debo hacer.

 

    –Magia, estúpido muchacho, magia –dijo el anciano cínicamente–. Se abre con magia, y tú puedes abrirla. He visto el anillo que llevas en tu mano izquierda –Gerald era zurdo.

 

    –Pe-pero yo aún no soy mago –contestó  Gerald, el cual, se estaba asustando cada vez más–. Acabo de empezar el primer curso.

 

    –Posees un anillo, ¿no? –dijo el anciano mientras una chispa de locura brilló en sus profundos ojos grises–. ¡Es más que suficiente! Porque es un anillo de mago, ¿no es así?

 

    –Eh... Sí –contestó tímidamente el chico.

 

    –¡Pues abre esta maldita puerta ya! –volvió a ordenar el anciano, notablemente enfadado.

 

    –Pero yo no sé qué hechizo necesito para abrirla –dijo, indignado, Gerald.

 

    –Quom-asha, chico, Quom-asha –dijo el anciano–. Usa el anillo y repite ese hechizo sobre la puerta.

 

    –Pero antes usted me dijo que me marchara –empezó a decir Gerald–. Incluso llegó a suplicármelo.

 

    –¡Olvídate de lo que dije, chico, y hazlo! –tronó el hombre con los ojos fuera de sus órbitas–. ¡Libérame! ¿O es que no ves que tan sólo soy un pobre anciano? –argumentó, suavizando su tono de voz en la última frase.

 

    –Pero, si está aquí encerrado –contestó Gerald–, será por algo... malo –la última palabra la soltó en un susurro.

 

    –¡He sido encarcelado injustamente! –rugió el anciano–. Y además, estúpido muchacho, ¡nunca conseguirás salir de este amasijo de pasillos sin mi ayuda! –gritó fuera de sí–. ¿No ves que nos necesitamos mutuamente? –dijo, esta vez con un tono de voz más sosegado–. Libérame y yo me encargaré que vuelvas a casa sano y salvo. Conozco estos pasillos como la palma de mi mano.

 

    Aunque no se fiaba del anciano, y tras unos segundos de indecisión y valorar los pros y los contras, Gerald optó por probar el hechizo en la puerta. Estaba demasiado cansado y asustado, y lo que más deseaba en ese momento era salir de ese horrible lugar.

 

    –Quom-asha –dijo por fin Gerald apuntando con su anillo a la puerta. Pero no ocurrió nada.

 

    –Concéntrate, chico –dijo el anciano con tono suave–. Inspira profundamente y concéntrate.

 

    Gerald volvió a repetir el hechizo, pero obtuvo el mismo resultado. Y volvió a intentarlo de nuevo, esta vez procurando dejar su mente en blanco y concentrarse únicamente en aquella puerta que era su billete de vuelta al exterior.

 

    Nada.

 

    –No te pongas nervioso, chico –dijo el anciano–. Estás demasiado tenso, debes relajarte. Piensa en algo alegre... ¡y en que es la única forma de que podamos salir de aquí!

 

    Volvió a respirar profundamente hasta llenar sus pulmones de aire y lo intentó otra vez, y otra y... de pronto, la puerta se iluminó; después cambió a un intenso color rojizo, como si ésta estuviera siendo calentada por las entrañas de un volcán. Al final, un sonoro chasquido indicó el final del proceso y, volviendo a su estado original, la puerta se entreabrió.

 

    –¡Al fin! –dijo el hombre abriendo la puerta de par en par y plantándose frente a Gerald– ¡Al fin soy libre!

 

    Gerald dio un paso atrás, dudando de que si lo que había hecho era lo correcto. Luego dio otro... y otro, hasta que su espalda se topó con la pared.

 

    El hombre se acercó a él con una escalofriante sonrisa en su boca, puso su huesuda mano sobre la frente del asustado muchacho, y para Gerald todo se tornó oscuro.

 

 

* * *

 

–¡Eso no tiene ni pies ni cabeza! –dijo Bylo gesticulando con ambos brazos– ¿Una biblioteca con puertas secretas y pasadizos? ¡Venga ya! Eso sólo pasa en los libros de aventuras –concluyó tajante.

 

    –Pues, que yo sepa,  es la única teoría que tenemos –dijo Julius–. ¿Dónde está el Bylo que yo conozco que siempre está ávido de aventuras?

 

    –Seamos realistas, Julius, es una teoría demasiado fantasiosa, diría yo –contestó Bylo–. Ya sabes cuánto me gustan las aventuras, pero no por eso vamos sacarnos una de la manga.

 

    –¡Chicos! –dijo Darah acercándose al grupo con paso apresurado– ¡Mirad lo que he encontrado! –dijo mostrándoles un bulto que traía en sus manos–. Es la mochila de Gerald, alguien la ha dejado en un armario del mostrador.

 

    –¿Seguro que esa es la mochila de Gerald? –preguntó Julius algo escéptico–. Mira que por aquí pasa mucha gente al cabo del día...

 

    –Sí, estoy segura, la conozco muy bien –contestó la muchacha–. Gerald siempre viene con ella a la biblioteca. Además, si os fijáis, tiene sus siglas escritas –añadió señalando las letras "G.E" en un costado de la mochila.

 

    –¿Y eso quiere qué quiere decir? ¿Que Gerald no salió de la biblioteca? –dijo Bylo dejando la pregunta en el aire.

 

    –Darah –comenzó a decir Julius, cambiando de tema–, ¿sabes qué hay aquí detrás? –dijo señalando la pared que parecía estar hueca.

 

    –Nada, que yo sepa –contestó la bibliotecaria–. Supongo que es una pared normal y corriente.

 

    –A Julius se le ha metido en la cabeza que detrás de esa pared hay un pasadizo secreto o algo así –dijo Bylo.

 

    –Bueno, antiguamente se tenía costumbre de hacer esas cosas, ¿no? –respondió Darah–. Pero supongo que, más bien, se solía hacer en castillos o monasterios –puntualizó.

 

    –¡Pues yo sigo pensando que aquí hay algo raro! –rugió Julius.

 

    –¿No irás a decir que Gerald está ahí dentro, verdad, perdido entre una maraña de pasillos... o un laberinto? –dijo Bylo– Y dime, ¿cómo puñetas ha entrado ahí?, porque donde tú dices no se ve ninguna entrada.

 

    –No sé... –contestó Julius dubitativo– Yo sólo digo que es mucha casualidad que en la mesa que supuestamente estuvo anoche Gerald, falte un candelabro, y que haya cera seca desde la mesa hasta esa pared. Y, además, la pared parece estar hueca.

 

    –Y entonces, ¿qué debemos hacer? –dijo Bylo–, ¿coger un pico y hacer un agujero en la pared? –añadió, algo sarcástico– Deberíamos hablar con alguien que conozca bien la historia de esta biblioteca. Creo que deberíamos hablar con el director de la biblioteca. O, mejor aún, con el rector Delius.

 

    –Es una idea, pero –dijo Alana– ¿de verdad creéis que alguien nos va a hacer caso? Somos unos críos. Pensarán que estamos gastándoles una broma o algo peor. No nos tomarán en serio.

 

    –Pues yo, aunque sea a mordiscos –espetó Julius–, pienso averiguar qué hay detrás de esa pared. –y empezó a andar hacia la salida con paso firme y decidido.

Bylo fue tras él con la intención de hacerle reflexionar.

 

    –Vamos, Julius –le dijo en cuanto le alcanzó–, seamos realistas...

 

    Bylo no pudo acabar la frase. La puerta de la biblioteca se acababa de abrir, y por ella apareció una cara conocida.

 

    –¿Gerald? –dijeron ambos muchachos al unísono– ¡Gerald!

 

    Gerald entró en la biblioteca tambaleándose. Le vino justo a Bylo para cogerle antes de que se desplomara contra el suelo.

 

    Alana y Darah, al escuchar los gritos de los chicos, fueron corriendo a ver qué sucedía.

 

    –¡Es Gerald! –dijo Julius al ver a las chicas aproximarse– Y no parece que se encuentre bien –añadió.

 

    –Rápido, debemos llevarle a un médico –dijo Bylo con urgencia–, no tiene buen aspecto. ¡Y está helado!

 

    –Sí, aunque será mejor si lo llevamos a los clérigos de la torre –añadió Alana–. Ellos sabrán qué hacer.

 

    –Julius, ayúdame –ordenó Bylo mientras cogía a Gerald por debajo de las axilas. Julius, comprendiendo lo que quería hacer su amigo, agarró a Gerald por las piernas y entre los dos, como pudieron, lo levantaron.

 

    –¡Esperad un momento! –gritó Darah– Le llevaréis mejor en uno de los carros que uso para llevar los libros a sus estanterías.

 

    Darah fue corriendo hasta el mostrador. Junto a él había un carro de los que decía. De un manotazo tiró todos los libros que tenía y lo empujó hasta donde los chicos tenían a Gerald.

El carro era lo suficientemente largo como para que Gerald quedase tumbado, aunque las piernas, de rodilla para abajo, le quedaban colgando. Después de colocarlo con sumo cuidado, salieron de la biblioteca en dirección a la torre.

 

    Cruzaron la puerta del primer anillo a una velocidad quizá demasiado peligrosa para la salud de su amigo e, incluso, estuvieron a punto de volcar cerca de la entrada a la torre.

 

    Alana se adelantó para avisar del asunto a uno de los guardas de la planta y de que su amigo necesitaba urgentemente la atención de un clérigo. El guarda, al principio no pareció creérselo, pero en cuanto vio a los chicos con la improvisada camilla, enseguida fue en busca de los clérigos.

 

    Al cabo de poco más de un par de minutos, el guarda regresó con dos clérigos que bajaron raudos por el ascensor del norte con una camilla flotante. Pusieron sobre ella a Gerald y regresaron al ascensor con él. Enseguida llegaron al primer piso, que era donde se encontraba la enfermería.

 

    –¡Vamos! –gritó Julius a sus amigos– Subamos con él.

 

    Pero el guarda se interpuso en su camino.

–Será mejor que esperéis aquí –dijo.

 

    –¡Pero es nuestro amigo! –se quejó Bylo– ¡Nos necesita!

 

    –Lo sé, chicos –dijo el guarda con calma–, pero no os van a dejar entrar. Así que os recomiendo que os lo toméis con calma y dejéis hacer su trabajo a los clérigos. Más tarde podréis subir a ver que tal está.

 

    –¡De eso nada! –dijo Julius, enfadado– ¡Yo voy a subir!

 

    –Julius –dijo Bylo echando su brazo por encima del hombro de su amigo–, el guarda tiene razón. Nosotros no podemos hacer nada ahí arriba. Será mejor hacer lo que nos ha dicho. Vayamos a clase de lenguas muertas y después subimos a ver como está.

 

    –¡Vaya mierda! –gritó Julius visiblemente enojado.

 

 

* * *

 

 

Eran casi las tres de la tarde y el grupo estaba sentado en uno de los dos bancos que había a la entrada de la enfermería. Se habían saltado la última clase, pero a ninguno le importaba lo más mínimo.

Darah se les había unido. Había pedido permiso al director de la biblioteca para que le diese la tarde libre y éste, dada la naturaleza del asunto, se lo había concedido sin poner ninguna traba.

 

    –¿No están tardando demasiado? –dijo Bylo.

 

    –Al menos podrían salir a informarnos de cómo va la cosa –añadió Julius.

 

    –Yo sólo me conformo con que Gerald esté bien –dijo Alana.

 

    –¡Espero que esta vez tengáis una buena razón para saltaros mi clase! –tronó una voz tras ellos, sobresaltándolos.

 

    Era el profesor Gibson y, pese a ser uno de los profesores más simpáticos de la torre, esta vez no venía con cara de buenos amigos.

 

    Travis Gibson era el profesor de magia de ataque. Era un hombre joven, de unos 28 ó 29 años, de tez clara y ojos pardos. Lucía una larga melena negra que solía llevar atada con una coleta. Era uno de los profesores preferidos del alumnado (sobretodo del femenino) porque sus clases son realmente amenas y divertidas. Además, gozaba de cierta fama de conquistador y más de una alumna estaba colada por él.

 

    –¿Y, bien, chicos? –volvió a preguntar– ¿Alguno de vosotros podría darme una explicación al respecto?

 

    –Esto... señor Gibson... –comenzó a decir Bylo.

 

    –Ha ocurrido algo muy extraño, señor Gibson –interrumpió Alana–. Nuestro amigo Gerald desapareció ayer y hoy le hemos encontrado en un estado lamentable. No sabemos qué le ha podido ocurrir. Ahora mismo –continuó explicando– está en manos de los clérigos, y llevan con él mucho tiempo. Estamos todos muy preocupados.

 

    –Es una buena razón –dijo el apuesto profesor–, pero no lo suficiente –añadió–. Podríais haber acudido a clase y luego haber venido a ver por vuestro amigo... ¿Gerald habéis dicho? –Bylo asintió con la cabeza–. Aquí está en buenas manos, los clérigos de la Torre del Anillo tienen una más que merecida fama de grandes curanderos, así que no deberíais preocuparos tanto, que ellos dejarán a vuestro amigo como nuevo.

 

    –Pero, para nosotros la amistad es lo primero, señor –dijo Julius–, incluso por encima de los estudios.

 

    –Muy loable por vuestra parte –dijo el profesor Gibson– pero, como os he dicho, está en buenas manos y no hacía falta saltarse ninguna clase. Y, además, estando aquí no hacéis nada, así que...

 

    Las palabras del profesor se vieron interrumpidas por la llegada del rector Delius, escoltado por dos guardas.

 

    –Buenas tardes, muchachos –saludó el rector dirigiéndose al grupo–. Travis, me alegro de encontrarte aquí, me has ahorrado el tener que enviar a alguien a buscarte. Necesito de tus... servicios. –dijo al joven profesor–. Haz el favor de acompañarme.

 

    Rasmus Delius era el rector de la torre desde hacía más de 20 años, no en vano era el mago más poderoso que había entre sus muros. Su plateado pelo y su larga barba contrastaban extrañamente con el intenso azul de sus ojos. Su larga túnica, también azul, le confería un aspecto digno de un rey. Su bien reconocida sabiduría le permitía ser una de las personas que gozaban de la confianza del Patriarca, el cual le consultaba en muchas ocasiones e, incluso, le había dado pleno poder para gobernar Itsmoor. Aunque a él no le gustaba el rango de gobernador y prefería que le llamasen por su nombre o por "rector".

 

    –¿Qué ocurre, rector Delius? –preguntó Travis.

 

    –Desearía que vieses algo –contestó el rector– y me dieras tu opinión –dijo mientras extendía su mano invitando al profesor a entrar en la enfermería.

 

    –¡Ah, muchachos! –dijo, volviéndose y dirigiéndose al expectante grupo de amigos– Yo, de vosotros, me retiraría a vuestros aposentos. Ya se os avisará debidamente en cuanto se sepa algo del estado de vuestro compañero –y atravesó la puerta que les separaba de su amigo, dejando ante ella a los dos guardas.

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